viernes, noviembre 11, 2011

Grandes Comunicadores de la Historia: el caso del General Castaños y la marca personal


Desarrollar una marca personal se ha convertido, en la era de Internet, en una auténtica disciplina dentro de la comunicación. Los que trabajamos en este ámbito ya no sólo nos tenemos que preocupar de que las empresas a las que prestamos servicios salgan bien "en los papeles", en las ondas o en los bits. También nos preocupa que el rastro personal de los miembros de la empresa, su huella digital, nos ofrezca una visión armónica de la organización.

No podemos dedicarnos, desde luego, a decirle a cada cual de modo individual lo que debe o no debe poner en Facebook, Linkedin o Twitter, pero desde luego sí que podemos decirle a la gente, y en particular a los directivos de las empresas, que tengan especial cuidado con lo que ponen en las redes sociales, que las carga el diablo. Y, vamos, que si uno quiere transmitir determinada imagen a sus clientes, empleados y compañeros, hay que ser conscientes de que nuestra imagen no sólo se transmite cuando estamos hablando en el despacho. La foto que ponemos en Linkedin, o las palabras que escogemos al hablar de cualquier tema en un blog, dicen mucho de nuestra personalidad y forma de hacer las cosas.

Pero si bien la era de Internet ha puesto de manifiesto que todos, absolutamente todos, tenemos una imagen pública que nos conviene cultivar, es conveniente recordar que la creación de una marca personal es, en realidad, una disciplina antigua, muy antigua, anterior a la red e incluso a la imprenta. Ya comenté en un artículo anterior cómo Alejandro Magno se deificó en vida (eso es una marca personal poderosa y lo demás son pamplinas), y de hecho hay muchos otros personajes históricos que han creado y desarrollado su propia marca, aprovechando de modo más o menos afortunado los acontecimientos que les ha tocado vivir y el devenir de la Historia.

Un caso fantástico es el del general Francisco Javier Castaños Aragorri Urioste y Olavide, normalmente conocido como General Castaños, un personaje que le debe toda su fama a un acontecimiento único que supo explotar hasta la saciedad. La Batalla de Bailén fue su tarjeta de visita desde que tuvo lugar en 1808 hasta su muerte en 1852. Y su fama, su marca personal, ha perdurado hasta nuestros días como el líder del primer ejército europeo que se enfrentó con éxito a un ejército napoleónico, derrotando al General Dupont.
Su gloria, si bien no es tan espectacular como la de otros generales ilustres, es lo suficientemente buena como para que en todos nuestros colegios se siga estudiando la Batalla de Bailén como "la primera batalla perdida por un ejército napoleónico, en la que el General Castaños venció al General Dupont" (el orden de los elementos de la frase puede alterarse, pero más o menos todos hemos leído esto en los libros de la asignatura de Historia).


Lo cierto es que la Batalla de Bailén es peculiar por diferentes motivos. En primer lugar, su relevancia histórica es pequeña (no así su relevancia propagandística). Una vez finalizada la batalla, los franceses se tomaron en serio el tema y controlaron la mayor parte del territorio español en poco tiempo. Luego el que se encargó de echarlos fue Wellington.


La segunda peculiaridad es que los ejércitos francés y español se encontraron en Bailén prácticamente de casualidad. Y no se encontraron del todo, sino que sólo fueron partes de ambos ejércitos las que se enfrentaron en la batalla. Muchas unidades estaban buscándose mutuamente por otros lares -jugando al gato y al ratón para ver quién le cortaba el paso a quién y dónde-. De hecho, los generales al mando en Bailén estaban más preocupados por su retaguardia, por la posibilidad de que llegasen los refuerzos del otro antes de terminar con lo que tenían delante, que por la batalla en sí (eso explica que Dupont utilizase la estrategia errónea de lanzar al ataque sólo una parte de sus hombres, había dejado muy buenas unidades en retaguardia por si aparecían más españoles por la espalda).


Pero la tercera peculiaridad de esta peculiar batalla es la más llamativa de todas. El gran héroe de Bailén, el primer general europeo que consiguió derrotar a un general de Napoleón, el famoso General Castaños, nunca estuvo en la Batalla de Bailén.


Va en serio, Castaños llegó al campo de batalla algo así como tres días más tarde de que todo hubiese terminado. Lo justo como para ser él quien aceptase la rendición formal de los franceses.


Castaños estaba al mando del conjunto de ejércitos de Andalucía (prácticamente los únicos que tenían los españoles) y en el momento de la batalla estaba como a 20 kilómetros de distancia, en Andújar. El general que realmente se enfrentó a Dupont es un personaje poco conocido, Teodoro Reding, un suizo al servicio de España en una época en la que los suizos, más que ser neutrales, se dedicaban a batallar en todos los bandos al mismo tiempo. De hecho, en la Batalla de Bailén había un regimiento suizo en cada bando. En mitad de la batalla se encontraron y, en virtud de sus contratos, que estipulaban que no tenían por qué enfrentarse a otros suizos, el regimiento que estaba con los franceses se negó a combatir y eventualmente se cambió de bando.


Pero Teodoro Reding, a quien Castaños ni siquiera permitió estar presente en las ceremonias de capitulación, no pudo desarrollar su marca personal. Su enfrentamiento y rivalidad con Castaños llegó hasta tal punto que tuvo que aceptar el cargo de Capitan General de Cataluña, aunque no quería marcharse de Andalucía (había sido Gobernador Militar de Málaga), cediendo toda la gloria al general que tenía más galones.


Hoy muy poca gente recuerda a Reding. Desde luego mucha menos gente que al General Castaños. Incluso en la entrada de la Wikipedia referida a Castaños, se encuentra esta ambigua frase:
Tras la victoria de la Batalla de Bailén, conseguida gracias a su general Teodoro Reding, ...
Pero sin especificar en ningún caso que Castaños no estaba por allí. El artículo sobre Reding es, por otra parte, francamente escueto.


Afortunadamente, algunos sí que recuerdan y tratan de revitalizar su memoria histórica (su marca personal). Vaya como ejemplo esta placa que se encuentra en la Plaza de la Constitución de Málaga:



Esta curiosidad la he conocido gracias a la lectura del libro: Las Grandes Batallas de la Historia, un libro de Plaza y Janés patrocinado por El Canal de la Historia.

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